Calabazas

Casa de mis abuelos, lunes 8 de julio del 2013

casatxu

Mi padre no estaba (cosa bastante rara cuando estoy en casa de mis abuelos). Tampoco mi hermano. Solo estaba yo, aunque no tenía sentido que estuviese solo yo allí, y los que viven allí: mi abuelo, bastante mayor y ya muy tocado, aunque con ánimos; mi abuela, seis años menor que él, algo enferma últimamente; y mi tío, esquizofrénico. Se podría decir que en esa casa viven solo enfermos, uno de ellos, resignado.

Pues yo me hallaba presente en dicho hogar, concretamente en el salón, tranquilamente leyendo un libro en italiano cuyo título no recordaré jamás, mientras mi abuelo estaba sentado escuchando música militar soviética.

Todo parecía ir con calma hasta que apareció mi abuela.

— ¡Carabassa! Que eres un carabassa!

Dijo acercándose a mi abuelo espontáneamente sin motivos. Yo mantuve la calma y frialdad contemplando mi desconocida y aparentemente interesante lectura.

— ¡¿Te vas a quedar ahí quieto sin hacer nada?! Mira que estás mig-fava

Pese a las agresiones verbales propinadas de mi abuela, él ni se inmutaba y seguía tranquilo en su burbuja.

Sale mi tío de la salita donde se halla el teléfono y entra en escena.

— Mamá, ¿has cambiao el agua al pajarico?

— No he cambiado nada.

— Haz el favor, mamá. Pásame el bote de agua que hay al lado de la estufa para que pueda cambiarlo.

La abuela cogió entonces el bote de plástico de donde se rellenaba el pequeño bebedero para la tórtola (no sabía que tenían una tórtola enjaulada), y se la lanzó a mi tío de forma que pudiese cogerlo él al vuelo. Pero no reaccionó como debió, y finalmente se cayó el bote al suelo, derramando agua como si estuviese desangrando sobre el gres del suelo.

— Hala, pa las plantas.

Dijo mi tío de forma apática.

Todo parecía volver a la tranquilidad, pese a que finalmente no se le ha cambiado el agua a la tórtola, ni se había regado ninguna planta puesto que estas se hallan en la terraza y no en el salón. Vista esta información descuadrada, abandoné mi lectura —que por cierto, parecía ir sobre caballería— y me dirigí a la entrada, donde está la jaula del pájaro que descansa sobre un viejo banco de madera maciza. La sorpresa fue no ver sino a un murciélago gris dentro de una jaula no muy grande.

— ¿Dónde has dejado mis diskettes?

Oí de repente esa voz a mis espaldas. Era mi abuelo. ¿Desde cuando tiene diskettes si en su vida ha, ni siquiera pulsado el botón de “encender” en un ordenador? En fin, como estaba falto de consciencia, se ve que salieron palabras automáticas que contestaron a su pregunta:

— Están al lado del teléfono, en la salita de la abuela…

Mi abuelo entonces se dirigió a dicha habitación y cerró la puerta con llave. Yo mientras, continué a lo mío dirigiéndome de nuevo al sofá donde contemplaba mi misteriosa lectura. Pero un fuerte portazo interrumpió y enfrió bastante más el ambiente de la casa. Fue mi abuela, que tumbó abajo la puerta de la salita de un contundente golpe.

— ¿¡Es que no tengo dicho que el teléfono no lo coge nadie salvo yo!? ¡Que no quiero ver más números eróticos en la factura! ¡¡¡CARABASSA!!!

No logré oir nada más de aquella habitación. Lo que sí que vi es que mi tío estaba en el otro pasillo, sosteniendo unas bolas chinas en la mano.

* * *

YA SABEMOS DE DONDE VIENEN TAN DESORBITADAS CIFRAS

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3 Respuestas a “Calabazas

  1. no tiene puto sentidoooooo no lo tieneeee
    por cierto pon mi haiku ese de: no puc, entre, felicitat, estic cagant

  2. Pingback: Bitacoras.com

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