Disparates

Alicante, 29 de enero del 2014 alrededor de las 17:40
azotea
Debería de estar ya atardeciendo. Desconocía dónde me encontraba, pero solo estaba seguro que era en una azotea. También estaba acompañado de amigos, los cuales algunos de ellos no los veía desde hace años.

Estábamos contemplando cómo se prensentaba de singular el cielo durante unos minutos. El cielo era predominantemente naranja, con nubes sueltas que se desplazaban a una velocidad bastante anormal acompañado de mucho viento intenso. Se desplazaban tan rápidamente las nubes, que algunas se disolvían formándose pompas como si fueran de jabón, de color marrón, parecían turbios.

— Huelen a café. Mira, déjate reventar una en la nariz y verás.

Después de oir eso, muchos estaban intentando “atrapar” las pompas que desprendían esas masas de nubes, mientras que yo, indiferente, me fui de la azotea y ya dentro del piso del ático, cogí el ascensor para bajar.

ascenbotEse ascensor tenía más de 50 botones, es decir, el edificio era considerablemente grande. Un rascacielos, vaya. Pulsé el botón ‘B’, para ir al bajo. El ascensor me llevó muy brúscamente a un piso incorrecto, como si se hubiera averiado repentinamente, o como si el ascensor estuviera hecho para transportarte a alta velocidad —¿¡por qué pasa eso siempre en todos los sueños que tengo con ascensores!?. El ascensor se detuvo en el sótano, donde había un largo pasillo apenas iluminado que recorrí hasta llegar a unas escaleras que subían. Supuse que por allí se accedía al entresuelo, pero no fue así: parecía que estaba subiendo las escaleras de otra vivienda distinta, con dos puertas por cada piso.

Conforme fui subiendo, encontré una puerta entreabierta de una casa añeja. La curiosidad me hizo entrar sin hacer mucho ruido, ya que estaban las luces encendidas.

— Ah, Madiba, ya estás aquí. Pase, pase…

Esa voz de lejos la reconocí. Era de uno de los amigos que estaban antes en la azotea. Pensé: “ups, ya son las doce de la noche y no es cuestión de entrar en una casa sin permiso a estas horas. Será mejor que me vaya…”. Retrocedí, me fui, y dejé la puerta como estaba antes de que llegase él a la entrada. Al salir, ví por el pasillo a Nelson Mandela, pero con el pelo teñido de negro, como si hubiera intentado aparentar más elegante. Al salir, una vez bajadas las escaleras por las cuales subí, ya no llegué al sótano de antes, sino a la portería que ya tenía acceso al exterior.

Fuera, independientemente del viento y del frío que hacía, ví a un albañil taladrando la acera de la calle metido dentro de un vaso lleno de Coca-Cola gigante.

paseoEntre otros disparates que no recuerdo, también destacar que ya cerca de mi casa ví a un jugador de béisbol (a juzgar por su indumentaria) bateando al aire sin parar, en forma de bucle infinito (como si fuera una animación gif).

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