Ácido

Murcia, 26 de marzo de 2014
cortemur

— Perdone, ¿para bajar al sótano?
—Sí chico, ahí al lado de la puerta del almacén, verás a mano izquierda un portón con un botón para llamar al ascensor.
—Vale, muchas gracias, muy amable…
Es gracioso. Nunca en mi vida he visto un ascensor en el Corte Inglés. Sí que he visto esas escaleras mecánicas, pero nunca un ascensor para subir o bajar de piso… sí que es cierto que apenas me he metido a El Corte Inglés, y de las pocas veces que he ido acababan entrándome arcadas.

Confié en la palabra de la dependienta y me dirigí hacia donde me dijo. Tenía razón: era un portón metálico lo que me esperaba. Toqué el botón para llamar al ascensor, y me metí en él como en cualquier otro ascensor convencional. Tan convencional, que me sentía como en el ascensor de mi casa. Era tan… ¿básico? De todas formas tampoco estaba muy convencido de que pareciese tan normal, ya que este ascensor no contemplaba algunos pisos: faltaban números.

botascensEl caso es que una vez dentro pulsé el botón ‘0’, para irme al sótano que es a donde quería yo llegar, y el ascensor se puso en marcha, eso sí, descendiendo a una velocidad tal que casi me moría de vértigo.

Siempre me pasa en todos los sueños con ascensores. Siempre quiero ir al sótano, y siempre bajo a una velocidad descomunal, como si el ascensor cayera desplomado.

parkingsonEl ascensor acabó llevándome al garaje del Centro Thader, donde se oía a través de los altavoces del techo In the Summertime de Mungo Jerry— que años ha que no lo oía.

Recorriendo cada uno de los pasillos y paseando entre columnas intenté buscar la salida hasta que cogí la salida peatonal trasera para tomar el acceso a la calle y poder salir así al exterior, o al menos así lo reflejaba al ver claramente un cartel verde en el que estaba escrito “SALIDA” aunque por desgracia, con letra Comic Sans.

Pero no salí a la calle, sino que entré en una cabina telefónica casi totalmente oscura. El único punto de luz que tenía en ese momento era la retroiluminación del display del aparato telefónico, donde podía leerse supongo que la hora, aunque ficticia, ya que marcaban las 92:77.

Sonó el teléfono de la cabina y no pensé ni un segundo más en cogerlo, tal vez porque nunca en la vida se me había presentado la ocasión de descolgar el teléfono de una cabina porque estuviese sonando como si hubieran llamado ahí. ¿Quién sabe? A lo mejor será como en esas películas de espías y agentes secretos.

—… ¿Sí?
—¿Recuerdas aquella noche en la cabaña de Turmo?
—¿Cómo?
—Que si quieres regaderas de Paramount Comedy, coño…
—¡Ah, bueno! Pues… claro, por supuesto. ¡Por qué no! Seguro que saldrán gratis. De todas formas, siempre he necesitado una regadera. Siempre me ha hecho falta una. Y más aún si es de Paramount Comedy. Me chifla ese canal.
—¿Te crees que iba a llegar y te lo iba a dar yo a mano, so burro?

De repente, noté que tenía dicha regadera entre mis pies. Era considerablemente grande, de altura llegaba hasta mis rodillas. Además, pesaba demasiado, tanto que ni podía levantarlo. Era como si hubieran cargado la regadera de varias toneladas de mercurio o de plomo. Pensaba que estaba vacío, no podía ver ni tan siquiera lo que llevaba dentro por la escasísima iluminación que había dentro de la cabina de la que ya no podía salir porque no tenía ya puerta.

Me decidí a agacharme y lo primero que se me ocurrió para intentar averiguar lo que había dentro de la regadera era meter la mano ahí dentro para tocar el líquido o lo que contuviese dicha regadera.

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